- HUIB BILLIET ADRIAANSEN


 

 

 

 

 

Q: una letra que trae cola

Huib Billiet Adriaansen

A mi hermano,
JacQues,
el mayor

 

Podría definir este artículo como un pequeño recorrido gráfico por la historia de la letra Q. Pero, ¿por qué escoger precisamente esta letra del alfabeto? Pues no juega un papel demasiado importante en el vocabulario de mi lengua –el neerlandés– y en el scrabble supone bastantes quebraderos de cabeza. ¿Acaso no hay otra letra que, por unanimidad, se considere más inútil? ¿Y qué decir de su compañera inseparable, la letra ‘u’, que ni siquiera pronunciamos?

Mi interés por la 17ª letra de mi abecedario se debe en gran parte al gantés Hendrik van den Keere. Este grabador de tipos, o más concretamente, de punzones, ideó una de las colas más graciosas y logradas de la más temprana tipografía. En mi mente surgieron muchas preguntas. ¿De dónde viene la forma de la Q? ¿Cómo se diseñaba su cola y por qué la actual Q tiene una cola tan corta?

En los libros y los artículos sobre el arte de la imprenta los autores siempre prestan mucha atención a las curvas de la S, al cuello de la g, al ojo* de la e, a los serifs de la M o a los brazos de la K. Entre los amantes de la tipografía es de conocimiento general que todos estos elementos pueden ser decisivos a la hora de definir el estilo y la personalidad de un tipo. Curiosamente, la parte más graciosa de la Q –su cola– generalmente se ignora. A fin de cuenta es un apéndice, literalmente. Es hora, pues, de arrojar un poco de luz acerca de este detalle.

(*En este artículo la palabra ‘ojo’ se refiere a las formas interiores de una letra cerrada –su contraforma–, como en el caso de la q y Q, la e, la a g , por ejemplo.)

 


Deshacer nudos

Pondré especial atención en la letra mayúscula –la letra capital– aunque sin dejar de lado a su ‘pequeña’ versión. La q minúscula tiene un trazo descendente, es decir que queda por debajo de la línea base. Por lo general, este no es el caso de las mayúsculas, a excepción de la letra Q. A veces se habla de ‘letra circular’ aunque el ojo no siempre tiene una forma perfectamente redonda. En vez de cola se puede hablar de trazo o de asta descendiente o, simplemente, descendiente. A veces se utiliza el término ‘pata’, pero sólo para el caso de la q, puesto que es una denominación demasiado estática para una cola prolongada que se ondula, se curva y se gira.

Pues en lo esencial la Q consta de un ojo, más o menos de forma circular y un apéndice. Tenía el mismo aspecto su lejano antepasado semítico. Se dice que el signo antiguo hacía referencia a un mono. Siempre vendrá bien para empezar un texto sobre una cola. Pero puede ser también que el signo derive de un jeroglífico de occipucio o de la palabra ‘nudo’. Esta clase de antiguas cuestiones casi nunca tienen ni pies ni cabeza .

Tomemos por ejemplo el sonido correspondiente de la letra Q. Para los fenicios fue la oclusiva k/q. Para los griegos el sonido kw/kwh, al menos en su antiguo alfabeto, ya que más tarde se efectuó un cambio fonético hacia p/ph. Y los griegos tenían ya un signo para eso, es decir la phi. Desistieron de la Q porque preferían a la K. Los etruscos que poblaron la Italia central, continuaron el uso de la Q del alfabeto antiguo griego, siempre acompañada por una u. Su letra Q es probablemente la aportación más singular que el alfabeto etrusco hizo al romano. Pero no sin experimentar resistencia.

Se comenta que el poeta-cónsul Licinius Calvus y los autores Cato y Terence, rechazaron la Q. El ortógrafo Nigidius Figulus prefería no usar la letra. La cuestión también preocupó a Quintillianus. Parece que todos preferían a la C, letra que ya durante mucho tiempo estaba vinculada con el sonido k. La Q disgustaba, pero por una u otra razón sus detractores no llegaron a ponerse de acuerdo y la letra finalmente logró ocupar su lugar en el Latín escrito y continuó acompañando a la u hasta hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

Jeroglífico egipcio, letra semítica, letra fenicia y versión etrusca.

 

 

 

 

 

 

Capitalis rustica, pintada, siglo I, capitalis quadrata, capitalis elegans y capitalis rustica escrita, siglo VI.

 

La Q esculpida

En la época romana ocurrió algo de suma importancia. Unos esclavos iletrados pasaron su cincel por las lineas que antes habían sido pintadas en la piedra por los escribas.

 

Inscripción en el Arco de Tito, en Roma (Foto Vincent Ramos, 2005).

 

Los romanos tienen marcada preferencia por el orden matemático y la simetría. Basta con mirar las formas de sus letras parejas EF, CG, MN y OQ. Las letras del capitalis monumentalis – el antecesor de nuestras mayúsculas – parecen estar creadas dentro de los límites de un cuadrado imaginario. La O encaja perfecto, pero la Q tiene una cola y aquella traspasa el cuadrado. Y no sólo un poco. Así se establece una forma básica de la cola que apunta hacia la derecha y que se anida entre las líneas de texto, bajo la letra u. Hay colas horizontales y otras que cuelgan, que se curvan y se ondulan.

 

Inscripción Pompei (Internet: Eurotypo 2008).

 

La Q esculpida de la época romana la encontramos en las piedras, en los museos, pero también en arcos y frontones al aire libre. Eso es un sitio único para una letra. A medida que pasa el día, es como si el ojo de la Q girara, como si la cola vibrara. La letra parece cobrar vida por la sombra que la modifica. Y esto es precisamente lo que le espera a las letras del alfabeto en su evolución escrita. De las letras capitales romanas se puede decir que tienen valor eterno por su belleza, su regularidad y su equilibrio, pero las formas actuales de nuestras letras no se deben solamente a los modelos esculpidos. Las letras llevarán una vida mucho más variada sobre la piel seca de ganado (cabra u oveja), es decir en pergamino y, más tarde, en papel. Los trazos de un pincel o los plumazos de un cálamo en posición inclinada resultan en una gran variedad de formas. Enseguida veremos lo que significa para la Q.

 

 

 

 

 

 

 

Cuando medimos desde el punto de arranque hasta el punto final, comprobamos que las colas son de la misma longitud que el diámetro del ojo de letra (o un lado del cuadrado imaginario). Hay colas que son aún mas largos y que alcanzan la letra siguiente.

 

 

 

La cola de la Q va en dirección hacia derecha, hacia las siguientes palabras. Parece lógico, pero había podido ser de otra manera. En la paleografía hay muchos ejemplos de la Q con cola hacia izquierda. Si los artistas romanos hubieran vacilado un solo momento, entonces nuestra Q causara otra impresión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un tesoro de formas

Quince siglos de historia de escritura han dado como resultado una extensa gama de formas, de estilos en las letras. Se han venido a denominar con nombres como ‘capitalis quadrata’, ‘capitalis elegans’, ‘capitalis rústica’, ‘uncial’ y ‘semiuncial’. Junto con la Q mayor apareció la q menor y ambas se usaban mezcladas en un mismo texto. Como sucedió con el resto de las letras, la Q adoptó rasgos locales, merovingios, visigodos, irlandeses o anglosajones. Ciertas formas de la Q fueron reproducidas en los escritorios y las academias, otras tuvieron una vida más corta como resultado de la invención caprichosa de un solo individuo. Vemos como la estructura esencial de la letra (digamos el esqueleto) se riza en todas las curvas posibles y toma su cuerpo gracias a una variedad de ampliaciones o estrechamientos, de modulaciones caligráficas.

 

Letra Q de un manuscrito carolingio.

Hoy estamos familiarizados con la letra Q de ojo cerrado y con la cola hacia derecha, y nos resulta tan evidente el trazo descendente, estirado, de la letra q minúscula. No siempre ha sido así. ¿Qué decir de una cola vertical o una cola que gira de manera agitada hacia la izquierda? ¿Que pensar de una Q con dos colas? La Q apareció en algunos casos con ojos redondos y en otros con ojos cuadrados o angulares, con o sin decoración. A veces la Q prefiere guardar distancia con su cola y en otras ocasiones la encierra por completo en su ojo. La Q bien pudo obtener su forma de una C que abrazó su letra u siguiente. Y hay casos en que la letra u se perdió en una misma trazada seguida de la Q.

Las formas de nuestras letras son el resultado de un proceso de selección y eliminación. A lo que se refiere a la q se rechazó una asta descendiente demasiada corta para evitar su confusión con la letra o. Una doble cola no tendría sentido porque no sería suficientemente fluida su escritura. Una cola hacia la izquierda supondría una confusión con la ‘p’ y la ‘g’ y esto llevaría a errores como ‘antipuado’ y ‘eguatorial’. Los modelos demasiado asimétricos u oblicuos se consideraban poco atractivos y las formas demasiado angulosas no duraron mucho porque no se correspondieron con las normas estéticas vigentes.

Del gran proceso de selección apareció una forma del abecedario que brillaría en el renacimiento: la llamada letra humanística.

 

Letra humanística, Italia, siglo XV.

 

Surgió de un malentendido. Los intelectuales italianos admiraban de manera extrema el mundo clásico. Descubrieron la literatura romana por via de manuscritos escritos durante la Edad Media y vieron en aquella escritura una letra ‘clásica’. En realidad los textos habían sido escritos en escritura carolingia. Aquella escritura uniforme evolucionaría por un lado hacia la letra gótica primitiva, y por otro lado hacia la minúscula humanística. La letra gótica tuvo mayor aceptación al norte de los alpes. La escritura humanística, primero estuvo más en boga en Italia y luego influyó de manera predominante en todo el mundo occidental.

Los escritores italianos desarrollaron también una escritura cursiva y tenían preferencia por las colas y curvas graciosas y elegantes. En la escritura cancilleresca, incluso la q minúscula adoptó casi la forma de la capitalis monumentalis romana, con una cola muy larga.

 

Fragmento de 'La Operina da imparare di scrivire littera cancellercha' de Ludovico Arighi, 1522.

 

 

 

 

 

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Surtido de letras q y Q del periodo de la escritura.
(Agradezco a Gustaaf van den Abeele por dibujar de nuevo las letras indicadas con *)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada uno, segun su temperamento, tiene su propio variante de q. Ese a veces cambia con la edad. La cola de Leonardo da Vinci es caprichoso: primero es una pequeña curva hacia abajo, después es un arco que tiene su punto final al mismo altura del punto donde empieza la cola, y mas luego una curva que termina algo arriba del punto donde termina la cola. Y todo en imagen reflejada.

 

 

 

 

 

 

 

Reconstrucción dibujada de la inicial Q de Comentario de Jerónimo en Jeremiah, año 1100.

 

Reconstrucción dibujada de una inicial Q anglosaxo, siglo VII.

 

Letra Q visigoda del 'Codice Emilianense 46', España, año 964.

 

 

 

 

 

 

 

 

Colas y dragones

El calígrafo, copista e iluminador Bartolomeo Sanvito de Padua se dedicaba a la elaboración de letras capitulares o iniciales. Las letras iniciales iluminadas existían ya desde hacía mucho tiempo. Las encontramos en los voluminosos salterios y Biblias para indicar el inicio de un capítulo o un párrafo.

Vemos la letra Q muy estilizada, pero también ricamente adornada hasta transformarse en una elaborada ilustración que se corresponde con uno de los pasajes, por ejemplo sobre el monstruo Jesaja o sobre la Hidra en Job. El dragón parece ser el ser preferido por los iluminadores para dar cuerpo a la letra Q. A veces la cola de la letra coincide enteramente con el dragón. A veces vemos la letra Q formada por dos dragones que se muerden mutuamente. Aun más frecuente es la representación del arcángel San Miguel luchando contra el dragón. La cola de la Q puede estar representada también por un cocodrilo o un zorro con una serpiente en el hocico.

 

Del libro: 'Moralia en Job', siglo XII (www.coindet.com/realisations2.htm).

 

Las letras capitulares de Bartolomeo son letras capitulares menos feroces. Pincha la cola de la Q por la ilustración y la deja aparecer por atrás. En otra inicial simplemente corta la cola de la Q y sitúa la parte cortada entre la escena. Un hallazgo: En este punto, Bartolomeo evoca algo del ruralismo, visto por los ojos de Virgilio. Se llevan en brazos a un sátiro que está sentado en la Q.

 

Letra inicial de un comentario de Vergillo, dibujada por Bartolomeo Sanvito de Padova, Roma, entre 1483 y 1485.


¿Acaso el dibujante pensaba en Titivillus, el diablo inventado por los monjes medievales? Vaga por las bibliotecas de los monasterios donde busca a sus víctimas. Aquel que pierde la concentración o se queda dormido, aquel que comete faltas de puntuación o errores ortográficos, o aquel que usa demasiado la palabra ‘quoniam’ u otra q-eufemismo por el sexo de la mujer, Titivillus registra el nombre del pecador en su libro que será leído el Día del Juicio Final. ¿Podríamos ver la cola cortada como alegoría de la cultura del error? (¿Entraría yo también en la lista negra de Titivillus por separar en este artículo la letra Q de su contexto, de su cuerpo de texto?)

 

Inicial de 'De eucharista contra Petrum Martyrem Vermilium', siglo XVI.

 

Inicial Q de San Gregorio, 'Moralia en Job', alrededor 1100. Biblioteca Municial Dijon.

 

Inicial carolingio, Francia, año 755 (Fuente: Internet: Art Illustration Gaspard.)

 

Letra inicial de 'De Oficiis' de Marcus Tullius Cicero, atribuido a Bartolomeo Sanvito, Roma, 1498.

 

 

 

Letra Q prismática del calígrafo Felice Feliciano, 1463.

 

 

 

 

 

La Q con compás y regla

“La letra Q en un cartel kurdo provoca una condena por jueces turcos”. Cuando leemos la frase anterior, tal vez consideramos chocante el contenido, pero seguro que no nos paramos a pensar sobre el hecho que las formas de las letras mayúsculas y minúsculas llegaron hasta nosotros por vías muy distintas. Nuestras minúsculas se han formado a partir de la escritura carolingia; una aspiración del Humanismo por una estética nueva. Las formas de nuestras mayúsculas, en cambio, se remontan directamente a las antiguas capitales romanas.

 

Reconstrucción dibujada de la Q de la inscripción de Leon Battista Alberti (Firenze) basada en un esquema geométrico de un tratado de Fra Giocondo da Verona, fin del siglo XV y comienzo del siglo XVI.

 

La capitalis monumentalis renace en Italia en la segunda mitad del siglo XV. Los tratados teóricos sobre esquemas constructivos de letras se sucedieron. El calígrafo Felice Feliciano marcó la pauta con su esquema geométrico en base al cuadrado y al círculo según la relación de 10:1, razón que Pitágoras consideraba ya como perfecta. También el matemático Fra Luca de Pacioli incluyó la construcción de capitulares en su tratado filosófico sobre la proporción áurea. El matemático y grabador alemán Albrecht Dürer puso también su granito de arena. Y el lingüista e impresor francés Geoffroy Tory buscó su inspiración en las proporciones del cuerpo humano y hasta incluyó a la diosa griega Io en la cuestión. Todos obran con mucho afán matemático a fin de lograr construir la cola de la Q y otras curvas mediante el uso de círculos, sirviéndose tan solo del compás y la regla graduada.

Reconstrucción dibujada de la Q de 'Champ Fleury' de Geoffroy Tory, 1529.

 

La creación de las letras capitulares despertan admiración, pero Giovan Francesco Cresci, maestro de escritura en la biblioteca vaticana, las cuestiona: ¿Acaso no es el ojo humano más importante que la perfección matemática? ¿No sería posible construir las colas curvadas de manera más sutil? Cresci percibe ya entonces lo que en pleno siglo XX demostrará el investigador Edward Catich. No solo las formas bellas de las inscripciones romanas están determinadas por los golpes del cincel. Antes de empezar su trabajo el cincelador pinta los textos con un pincel, lo que explica la naturalidad y la calidad de las colas de las letras que difícilmente se pueden realizar solo con la ayuda del compás y la regla, sin retoques y sin la libertad del trazo a mano alzada.

 

Letra de Giovan Francesco Cresci, segunda mitad del siglo XVI.

 

Los esquemas constructivos de Pacioli, Dürer, Tory y otros sirvieron de pauta, sobre todo por la introducción de las matemáticas en la tipografía, pero su utilidad en la confección artesanal de los tipos o letras de molde ha sido mínima. De un lado porque los calígrafos y grabadores de punzones desde los inicios de la imprenta han confiado más en el ojo, el tacto y el sentido estético. De otro lado, porque los arquitectos de las letras generalmente no tomaban muy en serio la norma básica de la caligrafía: una determinada inclinación en la posición de la pluma, lo que garantizaba uniformes transiciones de las sombras en todas las letras.

Sobre los esquemas constructivos de las letras Jacques André opinaba que no tenían vida y que eran más frías que las letras de la columna Trajana. Se puede discutir esta opinión, pero sobre una cosa no cabe duda ninguna: la forma de la cola de la Q es más una cuestión de gusto personal que de razonamiento y todas las letras Q modeladas tienen una cola muy extendida, muy larga.

 

 

 

 

Q de la 'Divina Proportione' de Luca Pacioli, 1509.

 

Letra de 'Underweisung der Messung mit dem Zirckel und Richtscheit' de Albrecht Dürer, 1525.

 

Construcción de la cola de la Q de 'Opera del modo de fare le littere maiuscole antique', Francesco Torniello da Novara, Milán, 1517.

 

 

 

 

En impresores centro-europeos como Fust y Schöffer, Conrad Sweynheym, Arnold Pannartz y Zainer Gunther, se ve todavía una cierta duda entre mayúsculas góticas y otras según el modelo de las inscripciones clásicas. Aquí un ejemplo en una obra de Peter Schöffer, Mainz, 1473.

 

 

 

La Q gótica

En la época de la prensa manual se realizaba la impresión componiendo, una a una, las letras o tipos móviles con los que se iban formando palabras, líneas y páginas. Los tipos que utiliza Gutenberg en 1455 tratan de imitar en todo la escritura gótica, los códices de los monasterios. A Gutemberg no se le ocurre la posibilidad de crear un tipo de letra completamente nuevo para su impresos.

 

Fragmento del salterio de Fust y Schöffer, tipo gótico, Mainz, 1457.

 

Es posible que la esbeltez vertical y la rotura de las curvas en ángulos tuviera por finalidad el ahorro del papel o la necesidad de ocupar un mínimo espacio. En el estilo gótico la letra q, tanto como sus imágenes inversas la p, la d y la b, queda reducida a su esencia. No es de sorprender que la mayúscula Q gótica (en su variantes rotunda, schwabacher, bastarda y textura) quede con una cola reducida. Pero siguiendo el ejemplo de los antiguos manuscritos, las páginas impresas se ilustran con grandes iniciales o capitulares que son dibujados a mano, las llamadas lombardas. Aquellas iniciales se caracterizaban por sus gruesas colas con finos remates. La cola de la letra Q se movía entre las lineas de texto, colgando por el lado izquierdo del ojo desde donde desaparecía con la cenefa.

 

Página uit 'De Re diplomatica' de Jean Mabillon, primera obra sistemática sobre letras de escritura y letras iniciales de los siglos XIV y XV, 1681.

 

 

 

De la fuente 'Cloister Black ATF’, dibujada por Morris Fuller Benton y Joseph Phinney, 1904.

 

De la fuente 'Klingspor' de Rudolf Koch, 1925.

 

De la fuente 'Blackswanbf' de Bomparte's Font, 2007.

 

Reconstrucción dibujada de un inicial lombarda.

 

Lombarda de 'Summa Bartholomaei Pisani', alrededor 1475.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Selección de formas de la cola de la Q del periodo del los incunabeles (antes de 1501).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colas de la letra Q de sucesivamente Christopher Van Dyck, Hendrik van den Keere, Claude Garamond, François Guyot, François Gryphe y Antoine Augereau.

Escama por escama

A los impresores italianos no les gusta mucho la negra textura gótica. Se la considera demasiado vinculada con la Edad Media. Después de experimentar durante veinte años, aparece una obra que hará época: un bello tipo redondo, abierto, y otro inclinado hacia la derecha (cursivo).

 

Fragmento de 'Laertius', impreso con la romana de Nicholas Jenson, Venecia, 1475.

 

La mayúscula Q mantiene la misma forma romana, pero la longitud que tenía su cola en las letras caligráficas queda limitada, debido al pequeño espacio entra los renglones. En la temprana imprenta italiana es raro encontrar una letra de molde Q con una cola demasiado curvada o una cola extendida hacia las dos letras siguientes.

Es esa cola larga la que estará en auge en París. También allí los impresores preferirán una letra tipográfica más ligera que se pueda usar al igual que las formas góticas que durante tanto tiempo habían caracterizado los manuscritos y los textos de los primeros impresos. La letra Q, de cola corta y moderada, no se rechaza, pero un impresor que quiera renovar sus repertorios tipográficos o que quiera ir con los tiempos, mandará grabar de inmediato una versión con la cola larga.

 

Letra Q atribuido a Claude Garamond, 1564.

 

La confección de tipos se realiza de esta manera: en primer lugar se encuña en el extremo de un punzón de acero el llamado ‘contrapunzón’ (el negativo del interior del ojo de la letra). Después se talla a mano el perfil exterior del mismo ojo y la cola. Es decir, se va tallando escama por escama de 0,01 mm grueso. Seguidamente, el punzón (con la letra al inverso) se golpea en un pequeño bloque de cobre dando lugar a la matriz. Esa matriz será el molde a partir del cual se fundirán los tipos. La letra Q, con su larga cola y su inseparable letra u, pueden tener algunos problemas. Para evitar un excesivo espacio entre la Q y la u, se puede tallar el conjunto ‘Qu’ en un solo punzón. Otra solución es tallar en un punzón la Q con la primera parte de la cola y en otro punzón el resto de la cola, junto con la letra u.

En los años 20 y 30 del siglo XVI no es extraño que se usara la letra Q tanto con cola corta como con cola larga mezclados en un mismo impreso. Ocurría que las fundiciones ofrecían ambas versiones y dejaban elegir a los impresores. Pero en la segunda mitad del siglo con el avance definitivo del tipo romano, estimulado en parte por el Concilio de Trento, se observó otra tendencia: la mayoría de las colas de la Q se alargaron hasta la letra u. Se puede comprobar en las muchas ediciones de autores clásicos y autores de obras religiosas (en lengua latina, por supuesto). Saltan a la vista las largas curvas de las colas de las Q en los pronombres frequentes como Quis, Quid, Quam y Quod. Las colas parecen unir las letras de las palabras. Es un especie de marca muy característica de la páginas impresas en aquel periodo.

La Q de cola extendida es utilizada también por los impresores de éxito fuera de Francia, como en la imprenta de Plantin en Amberes que marcará la pauta. Hojeando sus catálogos generales de tipos disponibles (los llamados ‘type specimen’) podemos ver que la mayoría de las letras Q de cola extendida las hallamos en las creaciones de Claude Garamond y de Robert Granjon. Este último también creó una versión que se ajusta mejor con un texto en cursiva. En este caso la cola da primero una vueltecita caligráfica para después volver hacia la derecha.

 

Letra cursiva Q de Jean Jannon, 1642.

 

Una variante que los fundidores solían presentar como alternativa era una Q caracterizada por un ojo interior abierto como si se tratara de la cifra número 2. Granjon intentó transmitir con sus tipos de imprenta la calidad de la escritura caligráfica. La primera fuente civilité con una original letra Q mayúscula es de su propia creación.

 

Cuño original de Claude Garamond (Museo Plantin Moretus, Amberes).

 

Ejemplo sumamente raro de una cola de la Q separadamente grabado y fundido de una fuente de Simón de Collines, primera mitad del siglo XVI.

 

Para evitar un espacio demasiado grande entre la letra Q y la letra u siguiente, se graba la unidad ‘Qu’ en dos punzones separados.

 

 

Algunas iniciales grabadas en madera durante la primera época de florecimiento de la imprenta. Inicial de Hans Holbein, 1526, inicial sacado de 'De Humani Corporis Fabrica' de Vesalius, 1543 y inicial del taller de Johan Schöffer en Mainz, principio del siglo XVI.

 

Interpretación de una Q cursiva de Claude Garamond.

 

Letra cursiva Q de Otto Fabler.

 

Letra de escritura Q de la fuente ‘Arrighi BQ’ de Berthold Types.

 

Letra Q civilité. Robert Granjon creó su primera fuente en 1557.

 

 

La Q real

¿Se podría establecer una relación entre las colas de las letras y las pelucas? Luis XIV, de alguna manera, intervino en las cuestiones tipográficas. Con el Siglo de las Luces se anuncia un periodo de reglas, normas, y dispociciones. Se le considera como un momento idóneo para poner en orden el sistema tipográfico. Pero primero el rey establece su propio tipo –una letra real– el llamado ‘Romain du Roi’.

En los últimos años del siglo XVII, algunos eruditos se reunieron en comité para plantear una impresionante obra de racionalización y sistematización de los conocimientos vinculados con las Ciencias y las Artes. El campo que eligieron para comenzar este proyecto fue el del arte de la imprenta, el oficio que debería preservar a todos los demás. Para ilustrar la obra se realizaron toda una serie de grabados en cobre de las letras mayúsculas y de aquellas que iban a ser los modelos utilizados para la confección de los futuros tipos de molde. El diseño de los mismos se llevó a cabo sobre una diminuta retícula de cuadrados.

 

Reconstrucción dibujada de la serie grabada en cobre de 'Description des métiers', 1695-1718, por encargo de Louis XIV.

El proyecto sufrió retrasos debido a conflictos del estado, a discrepancias académicas y a polémicas menos elevadas. Se criticaron las intervenciones del grabador y responsable de la fundición real, Philippe Grandjean. Pero finalmente los miembros del comité de la Academia de las Ciencias se inclinó de manera fraternal sobre los novedosos microscopios para ‘diseccionar’ los tipos del pasado. En el ideal al que ellos aspiraban la cola de la Q era más bien limitada, racional y económica. Grandjean grabó sus punzones evidenciando que la búsqueda de la perfección matemática es desesperante y no tiene sentido. No se obstina en las curvas matemáticas, sino en las curvas naturales. Para que un texto sea legible y fluido, se requieren adaptaciones ópticas. Y en lo que se refiere a la Q, cuando comparamos el modelo realizado por el comité y al tipo finalmente grabado por Grandjean, parece que el punzonista haya reducido aún más la cola. Se anuncia ya un cambio en las características de las letras y sobre todo un cambio radical en la longitud de la cola de la Q.

 

 

 

 

 

Una Q cursiva de la serie grabada en cobre por encargo de Louis XIV y la letra que se tomará como modelo para el tipo grabado en plomo.

 

 

 

 

Punzón de la serie 'Romain du Roi', grabado en 1699.

 

 

 

 

 

 

Punzón Q de John Baskerville (1706-1775).

 

Modelo de letra según Firmin Didot (1764-1836).

 

Modelo de letra según Giambatista Bodoni (1740-1813).

 

Q de Linotype Monticello, dibujada por C. H. Griffith en 1946 según un modelo de James Ronaldson de 1812.

 

 

 

 

 

¿Quosque tandem?

Las redondas de Garamond y las cursivas de Robert Granjon siguen siendo de uso generalizado hasta la mitad del siglo XVIII. Es decir que el predominio de la Q de cola larga en libros corrientes de texto, duró aproximadamente dos siglos. No está nada mal para el apéndice de una letra. Daniel Updike pretendió entender cual fue la razón. Los impresores respetados disponen de un catálogo de tipos en los que un texto estándar sirve para demostrar la imagen tipográfica del texto en cada tamaño de letra. Como texto usan un fragmento de un discurso de Cicerón que empieza con: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra”. La primera letra, la Q se imprime muy grande y parece que los impresores compiten en prolongar su cola. Tal vez no habría durado tanto tiempo la hegemonía de la larga cola si el discurso contra el conspirador Catilina hubiera empezado con otra letra.

A una nueva generación de diseñadores les gustará más un eje vertical de la letra y unos descendientes aún más cortos. Una Q de cola extendida no armoniza bien con el concepto del llamado ‘modern face’, una forma que algunos autores llamarían digna, fría y altiva. La cola de la Q mantiene su característica graciosa, pero en algunas creaciones se retira más en el ojo, de modo que parece menos un apéndice.

A partir de la mitad del siglo XIX la letra de palo seco –‘sans serif’– gana terreno. Es una letra que no tiene remates finos. Para la letra i por ejemplo basta con una simple raya (I). La ‘clásica’ Q de imprenta tiene ahora que aguantar una variante sin contrastes en las sombras, una variante con una cola envarada sin curva ni voluta, una variante en la que la cola se encuentra más dentro del ojo que fuera del ojo. Se llega al límite de la moderación y ahora la letra Q va a parecer de nuevo a su antepasado antiguo semítico.

 

Letra ‘Futura’, dibujada por Paul Renner, 1927.



A partir del siglo XIX la creación de letras se caracteriza por rarezas, humor y fantasía. Resulta en una enorme variedad de formas decorativas. Es evidente que no se trata de letras destinadas para textos de libros.

 

Página de un librito de alfabeto de John Leighton, diglo XIX.

 

Para ver la letra Q decorada e ilustrada, en forma de logotipos y señales, tenemos que hojear las páginas de la publicidad, navegar por páginas web sobre tipografía o simplemente mantener los ojos bien abiertos en la calle. ¿No ponemos un poco más de atención en la Q con la esperanza secreta de ver algo original en su cola?

 

Forma de la letra Q como fotografía de la arquitectura en Barcelona, Liesa Rienermann (Fuente: Internet).

 

 

 

Q del alfabeto humano de Hemeleerst-van-Houter, 1870.

 

Q de la serie ‘Alphabet diabolique’, 1837.

 

 

 

 

Letra creada por Anna Simons, 1921.

 

Unos ejemplos de letras Q publicitarias.

 

 

 

 

 

Selección de letras Q que se distribuyen comercialmente bajo el nombre Garamond. Sucesivamente de International Typeface Corporation (ITC), Adobe Systems, Simoncini, Berthold, Stempel y dos letras Q basadas en la letra de Garamond, bajo el nombre Sabon y Granjon.

 

 

 

 

Una cola para imponer

La cola larga de la Q nunca desapareció de la caligrafía, la arquitectura y la publicidad. En cambio, en nuestros libros corrientes la vemos muy pocas veces. Sin embargo en el siglo XX hay un florecimiento de ‘reediciones’ de tipos clásicos. Los diseñadores parten de un original impreso antiguo. Hay un sinfín de detalles que le obligan tomar un sinfín de decisiones difíciles. ¿Cuál es la oblicuidad exacta de la letra? ¿Cómo se proporcionan las sombras del ojo y la cola de la Q? ¿Dónde precisamente se encuentra el punto de contacto entre el ojo y la cola? ¿Cuál es el cursus de la cola?

Pero la elección entre una considerable cola que se prolonga hasta uno o más letras siguientes y una cola que no se prolonga más allá del cuadrado imaginario que rodea el ojo de la letra es de otra orden. Basta una lupa para detectar aquel elemento en la impresión del tipo original. Aunque es cierto que hay algunos casos de reinterpretaciones donde se ha conservado la cola extendida, no es menos cierto que, en la mayoría de los casos, en las ‘imitaciones’ de tipos de los siglos XVI y XVII los diseñadores escamotean una parte de la cola original. No se trata de imitación, ni siquiera de reinterpretación.

Un claro ejemplo son las muchas letras Q en decenas de fuentes que se han publicado y comercializado bajo el nombre de Garamond. Una parte de ellas está basada en los originales de Garamond. Otros se publicaron bajo el nombre de Garamond, pero están basadas en tipos más contemporáneos. Y hay otra serie que, aunque tienen otro nombre, están basadas en los originales de Garamond. Ahora bien, en todos estas tipografías es muy raro encontrar una larga cola en el caracter Q, mientras fue ésta, precisamente, la característica de los tipos redondos en Garamond.

Cuando Frank Heine publicó en 2003 su fuente 'Tribute', señaló no sin orgullo que se había basado en las letras del grabador francés François Guyot. Pero la muy original cola de la Q (una cola que podría competir sin pestañear con la cola de Hendrik van den Keere) fue simplemente substituida por una cola del tipo 'modern face' del siglo XIX. Acaso no haya otra mayúscula en la que mejor se nota la pérdida de la tradición y prevalece la visión moderna sobre tipos y fuentes, es decir, aspirar a la harmonía entre los ojos y las astas descendientes y ascendientes.

Aún en la creación de nuevas fuentes, sin la intención de revivir o imitar una letra antigua específica, la letra Q parece ser un asunto delicado. Hay casos de respetados diseñadores de letras que casi se disculpan de su preferencia por una cola larga de su Q, cola que acortan en una versión revisada de la misma fuente. Una cola larga podría ser considerada como excesiva, como una falta de sutilidad, un pecado de juventud que es preferible no repetir. “It’s lovely, but that capital Q is really unacceptable for technical publishing” (es una Q graciosa pero es inaceptable técnicamente para su publicación) escribe un crítico sobre el Garamond-remake de Ross Mills en 1994.

Interpretación digital Q de Hendrik van den Keere por Dutch Type Library, 1994.

 

En los actuales libros de textos nuestro ojo está acostumbrado a una cola corta. Otra cosa distraería muy rápido nuestra familiar imagen. Con excepción de textos sobre la historia de la tipografía y algunas reediciones basadas en fascímiles, impresos tipográficos o ediciones publicadas para aficionados de la tipografía como tu y yo.

 

Agradezco a Andreu Balius
por revisar el texto
y por el estímulo

 

 

 

 

 

 

Algunas letras del original de Francesco Griffo (1499) y la versión reconstruida de George Malin, publicado bajo el nombre de publicado bajo el nombre de ‘Dante’ en 1955.

 

Letras Q de la serie 'Lutetia', creadas por Jan Van Krimpen, la primera de 1923-1924 y la versión adaptada de 1929.

 

Glifos Qu de la fuente 'Pradell' diseñado a partir de los punzones de Eudald Pradell por Andreu Balius en 2001-2003.

 

 

 

 

 

 

 

 

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